Mostrando entradas con la etiqueta El cajón de arena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El cajón de arena. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de octubre de 2009

Clásicos versionados: hoy Edgar Allan Poe (El gato negro)

De Edgar Allan Poe (1809-1849, aquí pintado por Michelle Walker en esta obra del 2002) sólo me he leído tres cosas: una, pecando de ser acusada de nada original, es un poema de 1845 (EL CUERVO) y las otras dos, siendo menos original aún en la lectura de este autor, un par de cuentos: respectivamente, EL CORAZÓN DELATOR (1843) y EL GATO NEGRO (1843). Sin embargo esto no es más que un granito de arena en la inmensa playa de este escritor. Sus obras, conocidas en todo el planeta, sobre todo sus cuentos, han sido trasladadas a la cinematografía y a la televisión con menor o mayor acierto (el resto de las versiones, otros artes, otros formatos, los dejaremos para otro instante): así nos lo cuenta Alejo Moreno en LA ALARGADA SOMBRA DE POE.



De las tres obras mencionadas hoy he decidido elegir la tercera: EL GATO NEGRO. Y de entre todas las diferentes versiones para ser vistas en una pantalla de cine (o en su defecto en una tele grande) voy a nombrar solo una, preciosa y brasileña titulada O GATO PRETO, hecha en la Escola Animada de Contagem (Minas Gerais) y dirigida por Cristiane Fariah (ni idea de quien es, lo que me fastidia porque este trabajo suyo me encantó), en el que se aúnan ciertas maneras del cine mudo (cartelas con títulos explicativos y música de teclado, por ejemplo), el stop-motion (ya saben, imagen fija a imagen fija) y la estética del expresionismo cinematográfico alemán (distorsión de las formas reales para aumentar el dramatismo, atmósferas oscuras, uso del simbolismo, temática de terror… no hay más que aludir a las conocidísimas NOSFERATU -1922, aunque hay otra adaptación de 1979 y hasta un tercer trabajo relacionado de 1988-, y EL GABINETE DEL DOCTOR CALIGARI -1920, aparte la versión del 2005-).

viernes, 24 de julio de 2009

Anuncio: Brekkies...un gato, dos gatas, tres gaatos...

Aparentemente parecen estar en el ajo de la celebración, pero... ¿cuántos mininos y mininas tiraron por los aires para hacer el anuncio nuevo de Brekkies?

Mira tú por dónde... La llegada de Leela

...si la llegada de Andrea fue toda una fiesta, menos escandalosa y sin embargo más sorprendente fue la de Leela, la gata que vive con mi padre y mi madre.

Un día, Raquel se la encontró en una calle de Güimar cuando se detuvo a ver cómo su madre callejera (la del animal, no la de Ra) amamantaba a sus enfermizas crías; en realidad, al resto de sus enfermizas crías, porque Leela (a la que bauticé así en honor a la cíclope de FUTURAMA -aquí a la izquierda, en una imagen sacada de Vivabender, original de Matt Groening, el de LOS SIMPSON-), que al principio pasó inadvertida ante los ojos de Raquel (por su forma de pelusa cualquiera, sucia y esquinada), ciega y sin olfato, se dejaba morir en silencio, apartada por su propia familia por ser la más débil.

Me contó que la recogió con cuidado, buscándole los ojos debajo de mil legañas que le tapaban la vista y que, junto a Ani, la llevó al veterinario. Les aconsejó unas gotas para la conjuntivitis, salino para la nariz y un baño para ayer. Pobrecita, varias humanas locas (porque para ese entonces el grupo de salvadoras gatunas había crecido) la estaban metiendo en un cubo de mezcla de agua tibia y matapulgas mientras le sujetaban la cabecita por fuera (más que nada para que no se ahogara): salió de allí como un trapo (mojado, claro), con el pelo pegado a aquella minucia de cuerpo y fea a rabiar.

Menos de un mes después estaba recuperada (y aquel capullo de pelo que llegó de sopetón a mi vida se había transformado en la mariposa felina más bonita del mundo –le pese a quien le pese-), aunque la última visita al veterinario nos informó que acabaría por perder la visión en uno de sus ojos, quedándole sólo el otro para mirar (de ahí lo de su nombre).

Mi madre, mi padre y yo la vimos crecer durante esas semanas, sintiéndonos bien por haberla ayudado (porque pensamos que eso es lo que hicimos) y al final no pudimos buscarle otro hogar, se quedó en casa: nos domesticó (en el sentido estricto que describe el principito de Saint Exupery -1900-1944- al zorro, -también de Saint Exupery, claro-).

Ya han pasado ocho años, creo (me disculpo, tengo poca memoria) y pienso que (ha sido y) es feliz. Nosotras (mi madre y yo) y mi padre, también lo somos más desde su llegada.



¿Quién mejor que ella para inaugurar esta nueva etiqueta?